El interior de la cámara fotográfica es un laberinto, se accede por la puerta que permite la entrada sólo a lo intangible. El objetivo de la cámara está protegido por un cristal que filtra el acceso: sólo puede pasar la luz. Por mínimo que sea el rayo, será suficiente para que la imagen pueda entrar. Lo que sucede después, al interior, pasa tan rápido y en tal privacidad que sería necesario hacer un corte transversal del laberinto y lograr bajar la velocidad al mínimo para poderlo ver.
Intentando observar los pensamientos de una persona, hice lo mismo: abrí y cerré el ojo, permitiendo la entrada de la imagen propulsada por la luz hacia el cerebro-laberinto. Hice un corte transversal y una reducción al mínimo de la velocidad. Logré su silencio, nada más.
—Silencio. La única manera de ver lo que sucede adentro está aquí afuera, con la ayuda de la luz y la aceptación del misterio.
Éste es el silencio en la antesala de los sonidos.